En esta fría mañana, queda poco menos de una hora para que dé comienzo el tradicional Neujahrskonzert (Concierto de Año Nuevo para los de la LOGSE) ofrecido por la Orquesta Filarmónica de Viena y que en este año 2021 cuenta con la dirección de Riccardo Mutti. Este concierto es sin duda, el concierto de música clásica más consumido del mundo, y al que más paganos** se abonan. Curiosamente también es uno de los conciertos más aburridos y más tediosos para los músicos profesionales o los melómanos (y que muchos de ellos sólo ven para criticar).

Aprovechando el evento, me gustaría contar las razones de por qué pienso que es un concierto que no deberías ver (si consigues superar el morbo de ver un Musikverein vacío y una Marcha Radetzky sin palmas), no sólo el que emitan por televisión, sino las decenas de copias que hay por España y que capitalizan en incautos y buscadores de reconocimiento efímero -lo guay que es decirle a la familia, los vecinos, los compañeros de trabajo que has pasado el día de Año Nuevo escuchando a «la sinfónica»- con el único objetivo de -intentar- levantar las envidias de los más allegados, como si ir a un concierto de música sinfónica fuera comparable a una visita a Disney World.
Quiero dejar claro que, si te gusta este concierto, que lo veas. Que si te gusta el concierto en directo y quieres ir a verlo en una sala de tu ciudad, que lo hagas. Pero también quiero despertar el gusanillo de los que sólo consumen música sinfónica para esta ocasión, olvidándose que las orquestas siguen con su programación y realizando conciertos el resto del año, y que ir a ver un concierto, más que para restregárselo a los demás, es un acto de enriquecimiento personal.
Tradición Nazi

La primera edición de este concierto data de 1939, en el que un muy austriaco Clemens Krauss se puso al frente de la Filarmónica para conmemorar una Viena «limpia de judíos». Con toda la pompa, el boato y el glamour de las élites del partido Nazi que hoy en día todavía se puede adivinar si eres lo suficientemente perspicaz en la observación de su público, la rígida estructura de la ceremonia, las ofrendas florales o los valses perfectamente sincronizados.
Aunque en un juego de blanqueamiento magistral, se cambió la fecha oficial del primer concierto a 1941 y después de la Segunda Guerra Mundial se borró todo vestigio Nazi para que se pudiera repetir cada año sin esa connotación negativa y para poder ser exportado a todo el mundo como un símbolo de la cultura centro europea que por fin gozaba de paz.
La orquesta más machista del mundo
La música es una de las profesiones más inclusivas que existen. No hay muchos trabajos en los que el género del trabajador importe menos a la hora de realizar su labor, y en el que el proceso de selección sea simplemente basado en consideraciones artísticas. Por eso, y más en pleno siglo XXI, no se entiende de la existencia de una orquesta que todavía admite a muy pocas mujeres, a regañadientes y cuando no tienen más remedio que hacerlo porque han superado con creces a sus compañeros hombres (aunque buena suerte pasando el año de prueba, ya que no todas lo consiguen).
El repertorio
Para mí una lastra de la música sinfónica en general, y uno de los problemas por los que yo pienso que se genera poco interés en un público más generalista es la repetición de las obras que se tocan. Al año se tocan innumerables Novenas de Beethoven, una cantidad sangrante de Quintas de Tchaikovsky o no sé cuántas Sinfonías del Nuevo Mundo de Dvorak. El Concierto de Año Nuevo es el exponente máximo de la repetición, no sólo en estilo, sino en las propias obras. Hay unas cuantas que si no se interpretaran, harían llorar a un público sediento de los mejores valses y marchas.

Si asumimos que los valses eran parte del género musical de moda en el siglo XIX, lo que hoy en día ocupa el lugar el reggaetón, el pop y el rock juntos, podemos deducir que tiene que haber innumerables composiciones parecidas de ese estilo. Y es que cuando escuchas un vals, los has escuchado todos, precisamente lo mismo pasa con los géneros actuales. ¿No hay más repertorio que el Vals de las Flores, del Emperador, Danubio Azul, Trisch Trasch polka…?La Familia Strauss podría ser un equivalente a la familia Kardashian de nuestros días. Con todo el tedio que esto significa.
Los músicos no disfrutan
Una de las claves de un buen concierto es que los músicos disfruten de su interpretación ya que tocar música de una manera mecánica, se vuelve como otro trabajo cualquiera, aburrido. Estos conciertos suelen ser los más aburridos de tocar pero, también de los más cansados y demandantes físicamente hablando. Todos los músicos en escena están deseando llegar a la Marcha Radetzky (suele ser el tercer bis u obra fuera de programa), que la gente tenga su ración de «interacción con la música» para marchar (broma intencionada) hacia casa lo más rápido posible, pues muchos vendrán con pocas horas de descanso después de la celebración de Nochevieja. Ya que aunque decidas comportarte como un profesional e irte a la cama pronto, normalmente vecinos y gente que pasa por la calle, no está tan de acuerdo con tu decisión.
Los únicos que no pasarán por este trauma son los de la propia Filarmónica de Viena, y no por el repertorio o porque sean músicos especiales, sino por la cantidad de dinero que se embolsan en un sólo concierto. Y es que el dinero ablanda a cualquiera.
No es nuestra tradición
Parte del encanto de este concierto es que es que se siente como una tradición (aunque ya hemos visto que no es tan tradición como parece, y que no llega ni a los 100 años). Para mí, como músico, lo triste es que en España también tenemos tradición de música navideña: los villancicos. Y no entiendo el por qué obviar nuestra música popular -incluyendo pasodobles y música regional- para dar valor a música popular de otras culturas y que nosotros no tenemos arraigada. De hecho, la única razón es, de nuevo, por el alardeo que da, esa sensación de estatus que en España gusta tanto, ya que nuestro deporte nacional y la verdadera tradición es la envidia.
¿Y el resto del año?
Está muy bien que se empiece el año con música, y más con música sinfónica. Está genial apoyar en estos malos momentos a nuestra cultura (cójase la expresión con pinzas). Pero, ¿qué pasa el resto del año? ¿Por qué las salas de conciertos están medio llenas -o medio vacías- durante las temporadas sinfónicas? ¿Ya no es tan interesante ir a la sinfónica porque no tiene el mismo caché el 1 de enero que el 16 de marzo?

Sé que mucha gente piensa que no sabe de música, y que por lo tanto no va a poder disfrutar de un concierto. Es una de las grandes mentiras a los que nos músicos nos enfrentamos y que muy pocos están dispuestos a aclarar. Pero es necesario que venga gente, sobre todo gente joven, a los conciertos. Si no, al final acabaremos tocando sólo valses y bandas sonoras.
Mi intención no es desanimar a la gente a ver el concierto de hoy. Mi intención es que, para los que no conozcan nada más, tengan una idea de lo que hoy pasa por la mente de un músico profesional. Y para los que son músicos, que disfruten del día, y que si tienen que tocar -como yo he hecho en numerosas ocasiones-, que aguanten y que tengan un día lo más plácido posible. Se que va a ser complicado.
Otro día me gustaría profundizar más en la falacia de «hay que saber de música para disfrutar la música». De momento hoy sólo quiero dejaros con el concierto, ojalá lo disfrutéis, y ojalá os enganche a seguir consumiendo música sinfónica.
Feliz 2021.

** No se cabree nadie. Simplemente usamos este término para los que no saben nada de música, o eso dicen ellos.

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